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Monday, December 07, 2009

EVO MORALES GANA A LO GRANDE

Después de cinco años en el poder, Evo Morales ha conseguido su reelección en un proceso electoral que ha sido avalado por observadores de la OEA y en el que ninguno de los candidatos perdedores haya hablado de fraude. Además de aumentar en casi un 10% el número de electores que lo votaron con respecto a 2005, Evo Morales ha conseguido hacerse con una amplia mayoría tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores que le permitirá impulsar cualquier proyecto legislativo sin ningún impedimento real. Bajo su mandato ha habido un crecimiento sostenido de la economía, se ha logrado controlar la inflación y evitar devaluaciones, al tiempo que las reservas de divisas han alcanzado cifras muy elevadas. Por supuesto, esto no quiere decir que Bolivia sea el paraíso y que todos los méritos pertenezcan a Evo. Sin embargo, si a estos éxitos le agregamos la torpeza de la oposición que ha llegado incluso a amenazar con romper el país, resulta lógico que el líder indígena renovara su mandato. Aún recuerdo como hace 5 años los sectores más conservadores de la oligarquía boliviana y las instituciones financieras internacionales vaticinaban el apocalipsis con la llegada de Evo al poder. Las mismas mentiras y amenazas que se dijeron cuando Lula se presentó por primera vez a las elecciones. Casualmente, Lula se ha convertido en el mejor presidente latinoamericano de lo que va de siglo y su decisión de no alterar la constitución para buscar un tercer mandato enaltece su figura. No sólo ha conseguido mejorar el nivel de vida de sus conciudadanos, sino que ha logrado convertir a Brasil en un país referente a nivel mundial. Como guinda a su actuación ahí quedan la obtención del mundial y de los juegos olímpicos. No quiero decir con esto que el mandato de Morales vaya a ser brillante como el de Lula.
Volviendo al caso de Bolivia la amenaza de que ese país se iba a ir a la mierda con la llegada de Evo era completamente ridícula porque el país lleva décadas instalado en la mierda. Se trata de la segunda nación más pobre de Latinoamérica sólo aventajando a Haïti lo que no se puede a tener a mucha honra. Pese a momentos muy convulsivos de su mandato como el tira y afloja con la oposición por sacar adelante los cambios constitucionales o la amenaza secesionista de algunos departamentos ricos bastiones de la oposición, Morales ha conseguido darle estabilidad política a su país. A partir de ahí, es más fácil conseguir el acceso de la inversión extranjera y mejorar. También ha conseguido imponer su promesa de nacionalizar las empresas de hidrocarburos (¡DIOS MÍO!, ESE HOMBRE SE HA VUELTO LOCO) y pese a las fuertes restricciones a sus ingresos, las multinacionales han decidido permanecer porque sigue siendo ventajoso para ellos. Finalmente, ha llevado a cabo una exitosa campaña de alfabetización tan necesaria en ese país. Por supuesto, también ha cometido errores como permitir que se le asocie como un esbirro de Chávez y no marcar su propia línea, ha afrontado escándalos de corrupción en la empresa pública de hidrocarburos y muchas de sus iniciativas despiertan más dudas que optimismo. Empero, el mayor peligro que afronta ahora Evo Morales viene de su gran éxito electoral. Tiene todo el poder en su mano y ningún freno a sus decisiones. Conociendo a los políticos, este podría ser el principio de una deificación narcisista del personaje que lo llevara irremediablemente a cometer todo tipo de atropellos y a su declive final. La última vez que vi una situación similar fue en España con José María Aznar que, tras ganar con mayoría absoluta su reelección y en su afán mesiánico por sacar a España del “rincón de la historia”, acabó metiéndola en una guerra injusta e innecesaria pese a la oposición del 90% de la población. Ya sabemos cómo acabó su mandato.

Monday, November 16, 2009

SISTEMAS ELECTORALES

Llevo ya 13 años viviendo en este país y siempre, salvo en una ocasión que me surgió un viaje de última hora, he votado en las elecciones españolas.
Sin embargo, más que andar revelando pasajes de mi vida, lo que me interesa en este y quizá otros artículos es hablar de diversos sistemas electorales. Empezaré, por ello, con los que mejor conozco que son el español y el mexicano. Siendo que la democracia, en mi país natal, está todavía en proceso de construcción, iniciaré hablando del sistema electoral español que ya está completamente asentado. Antes de empezar, sin embargo, me gustaría resaltar el hecho de que los dos principales partidos siempre hablan de que hay que reformarlo pero, una vez que llegan al poder, descubren las bondades del sistema y ya no vuelven a tocar el tema hasta que son destronados. La razón es muy sencilla. El sistema favorece ampliamente al vencedor.
Aquí en España, predomina la famosa ley d’Hont mediante la cual de los 350 diputados 102 se reparten entre las 50 provincias españolas (2 por provincia) y las dos ciudades autónomas que se llevan una cada una. Esto explica porque una comunidad más despoblada como Castilla y León tiene más diputados que Galicia, ya que tiene el doble de provincias. A partir de ahí el resto de los diputados se reparten conforme a la población de cada provincia, pero siempre favoreciendo el voto rural por encima del urbano con el fin de que las comunidades autónomas donde hay mayor población por tener grandes ciudades no eclipsen totalmente a las más pequeñas. Por poner un ejemplo, las Comunidades Autónomas de Andalucía, Cataluña y Madrid reúnen a casi el 50% de los habitantes del país y, sin embargo, sólo tienen 143 diputados lo que representa un 40% del total de congresistas. A diferencia de otros sistemas electorales donde se divide el país en tantos distritos como diputados hagan falta, aquí cada provincia es un distrito electoral con un número variable (según la población) de diputados en juego. Los resultados de cada partido se dividen por dos tantas veces como sea necesario y a partir de ahí se designan los diputados en función de las cifras más altas. Esto se hace así para evitar, como ocurre en los sistemas de distritos electorales que, por un voto se pierda la diputación y que un partido pueda hipotéticamente hacerse con todos los escaños del parlamento. En el caso español el reparto de los escaños está asegurado. La composición de la Cámara es muy importante, ya que son los diputados (no los electores) quienes van a elegir al presidente de aquella formación que logre, por si sola o en alianza con otras, reunir a la mayoría de los diputados.
Una vez que hemos visto el mecanismo y las ventajas del sistema pasemos a sus defectos que, desafortunadamente, son muchos. En primer lugar, el elector de nuestro país no elige al diputado de su circunscripción sino al partido que quiere que se lleve la mayor cantidad de diputados de su provincia. Los partidos políticos presentan un listado cerrado de nombres en función de los diputados en juego en la provincia. Si en la provincia se eligen a 5 diputados, el listado tendrá 5 nombres amen de los reservistas. Normalmente, el elector solo conoce al cabeza de lista y quizá al segundo y no sabe quienes son el resto de los candidatos. Estos, por su parte, no realizan ninguna campaña a favor de su candidatura y se cobijan en la popularidad del líder cabeza de lista con la esperanza de que su partido obtenga los suficientes escaños para que, por ejemplo, ellos también sean electos diputados. Si se está en el tercer lugar de la lista del partido, se desea fervientemente que el partido obtenga por lo menos 3 escaños . Ahora bien, estas listas cerradas en las que solo se conoce al cabeza de lista provocan que los electores no sepan quiénes son sus representantes a los que dirigirse en caso de problemas, a diferencia de lo que ocurre en otros países donde se sabe perfectamente quién es el diputado de su distrito y se tiene total acceso a él en caso de necesidad. No sólo eso, la representatividad de nuestros diputados es muy limitada por no decir nula. De ahí que los partidos se sientan poseedores del escaño de la cámara más que el propio diputado que lo ostenta. A fin de cuentas, el diputado está ahí no por sus meritos personales, no por los votos conseguidos por sí mismo, sino porque así lo quiso el partido. De ahí también que, pese a ser considerados representantes del pueblo, estén los diputados sujetos a la terrible disciplina de partido que establece que el representante popular debe decir amén a todo lo que diga la cúpula de su partido independientemente de que sea bueno o malos para sus electores. De ahí, finalmente, que no haya fisuras cuando se votan, por ejemplo, la participación de España en una guerra injusta o el alza de impuestos al pueblo llano en tiempos de crisis. El diputado tiene la obligación de obedecer a su partido y si no que se atenga a las consecuencias y castigos que le tocarán. ¡Ay de aquel que no lo haga así! Como decía un amigo en broma:”Para eso, mejor sería que sólo se presentasen los portavoces parlamentarios y su voto valiese por el de todos sus compañeros de partido. Se ahorraría mucho tiempo y muchos salarios de esta manera”. Por ello, los partidos no quieren reformar el sistema electoral ya que este, les permite contar con la obediencia ciega de sus diputados y hacer lo que les venga en gana. Se trata de un sistema caudillista cuyo mayor defecto son sus resultados finales. Si el partido gobernante tiene mayoría absoluta pierde toda cordura y acaba imponiendo sus peores desvaríos sin atender a razones. Pero tampoco mejora la situación si el vencedor no obtiene la mayoría absoluta.
Como los electores no somos los que elegimos al presidente sino los diputados, es necesario conformar una mayoría mediante alianzas tanto para conseguir la investidura del candidato como para sacar adelante los proyectos de ley que presentará en los siguientes años. En ese momento, los liliputienses cainitas (véanse partidos nacionalistas) toman su revancha de las elecciones y hacen valer a precio de oro sus pocos diputados. Se establece una especie de chantaje electoral en el que el partido pequeño establece una serie normalmente desmedida de condiciones para que el grande cuente con su apoyo, ya que sin la cifra mágica de 176 diputados no se puede gobernar. En ese sentido se han visto todo tipo de alianzas antinatura y milagros como el repentino don de lenguas de José María Aznar quien, contra todo pronosticó, pasó del “puyol, enano, habla castellano” a “parlar catalá” en la intimidad. En las comunidades autónomas se han visto prodigiosas trasmutaciones de resultados electorales, siendo el que queda segundo el que acaba gobernando por el odio que le tiene el tercer partido en discordia al vencedor. Sin embargo, el caso más inverosímil se dio hace unos años en Cantabria, donde el PP se quedó a dos escaños de la mayoría absoluta. Los socialistas, viendo la posibilidad de gobernar buscaron un pacto con el tercer partido quien, a su vez , también quería gobernar. Pues bien, con tal de que no gobernará el PP, los socialistas aceptaron proclamar al candidato del partido perdedor como Presidente de la Comunidad. Como bien dice la parábola bíblica: “los últimos serán los primeros.”
Estas alianzas antinatura acaban entorpeciendo el proceder del partido gobernante y generan gran desilusión entre los electores. Sería muy fácil acabar con este problema. Tan solo haría falta que el presidente fuese elegido en una papeleta aparte y que no necesitase el apoyo de una mayoría estable en la cámara para gobernar. En lugar de buscar grandes pactos de gobernabilidad, el mandatario tendría que buscar microalianzas para la aprobación de cada una de las leyes. De esta forma podría pactar algunas reformas con unos partidos y otras con otros dándole mayor flexibilidad. Pero claro, para que esto fuese posible sería necesario, antes, eliminar la nefasta disciplina de partido y dejar a los diputados votar libremente. Dejarlos ser auténticos representantes del pueblo.