Friday, October 23, 2020

LUZ DEL INSTANTE

 


¿Cuál es la vida verdadera? ¿Aquella compuesta de “los leves cuidados de mi hacienda” o los breves  momentos de iluminación que nos aporta la imaginación? Esa es la pregunta existencial que nos plantea César Rodríguez de Sepúlveda en su poemario Luz del instante, publicado por ommpress poetas. Su poema inicial “Alonso en el país de las maravillas” es toda una declaración de intenciones en ese sentido.  El protagonista no duda en consagrar los sueños de los libros de caballería como la verdadera vida por encima de la vulgaridad de la rutina.

Escrito con un lenguaje rico, variado y de gran belleza plástico, Luz del instante es también una muy sentida conversación con los artistas y escritores que han influído en la obra de César Rodríguez de Sepulveda; especialmente Rubén Darío. Pero, además, la luz del instante es ese momento de iluminación individual en que el ser humano comprende el verdadero significado de su existencia. Y no sólo la literatura y la locura son capaces de conducirnos a esta visión. También el arte, la mitología, la música, la poesía, los comics, el amor. Toda forma de belleza, en general. Empero, esa epifanía es por definición breve dada su intensidad. A través de estas formas se busca vencer el término de nuestros días. Se trata, como dice Cyrano en sus últimos momentos de vida, de una lucha imposible, pero por ello mismo, más bella de acometer.

Tuesday, September 22, 2020

LAMENTO DE UN BOXEADOR


Yo lo maté. Por supuesto no quería, pero el resultado es el mismo. Pasaron 50 días desde que cayó hasta que murió. Pasarán más de 50 años, pero yo seguiré recordando el momento en que mi rival cayó como un árbol derribado en el centro del ring. Los doctores dicen que lo que lo mató fue la fragilidad de su calavera; que de no haber sido en esta pelea habría sido en la próxima. Que no le dé más vueltas. Hoy  no le habrían permitido pelear. Más de 150 peleas entre profesional y amateur y tiene que venir a morir entre mis guantes. Es cierto que la mayor parte de sus pleitos fueron como amateur y ahí tiene protección, pero lo que no sé es como pude aguantar 27 peleas como profesional sin que surgiera el problema. Para mí que nunca le había tocado alguien que golpeara tan recio como yo. Está mal que yo lo diga, pero es verdad. Me podrán ganar por puntos y por una mejor técnica, pero antes tendrán que resistir la potencia de mis puños. Yo pensé, como el británico era más alto que yo, que saldría a correr al ring, intentando mantenerme a la distancia con sus brazos más largos. Pero me equivoqué. Cuando vi su foto meses atrás también erré. Pensé que era muy feo, cosa que saltaba a la vista con sus orejas a lo Dr. Spock, y que lo derrotaría en el primer asalto. Acababa de ganar el campeonato del mundo derrotando por puntos a un paisano y creía que todo sería fácil. Tony Lowell era alto, pero muy delgado. Sus piernas eran dos palillos  que, de forma inverosímil, sostenían todo su cuerpo. Siempre me pregunté qué motivación podía tener una persona de un país rico para andarse dando de chingadazos con desconocidos. Quiero decir, él podría haber llevado una vida digna ejerciendo cualquier oficio. Supongo que le gustaba mucho el boxeo. Para mí, en cambio, las peleas fueron la única forma de salir del barrio, de mi casa con mi padre borracho y violento. Por ahí andan diciendo que lo hice para protegerme de los ladrones después de haber huido de casa, pero lo cierto es que yo sabía que era la única forma de prosperar sin meterme en negocios ilícitos. Ni modo, cómo futbolista no valía para un carajo. Por eso emprendí esta carrera. 

La pelea era en Los Angeles; el patio trasero de México en términos de afición. Yo me sentía en la Arena México. Incluso, luego me contaron que un miembro del cuerpo técnico de Lowell recibió, cortesía de un paisano, el impacto de una bolsa de agua de riñón como manda la tradición. Él salió como todo un fajador sin dar ni pedir tregua. Se me pegó como una lapa y empezó a trabajarme el cuerpo. Ocasionalmente, me lanzaba un golpe curvo a la cabeza. Uno de estos me impactó en la ceja y me produjo un pequeño corte. Mis asistentes estaban asustados. El doctor logró parar la hemorragia, pero todos tenían miedo de que resurgiese con mayor violencia y que el árbitro acabase descalificándome. No se puede pelear si no se ve y lo molesto de las heridas en la ceja es que la sangre invariablemente corre hacia abajo para cegar temporalmente al boxeador. Sin embargo, mi contrincante era muy noble; demasiado quizá. En lugar de refregarme el pulgar en la ceja para reabrir la herida, como hacen los demás, continuó peleando como si no se hubiese percatado de mi debilidad. Los primeros seis episodios fueron una pesadilla. Parecía que nuestras cabezas estuvieran pegadas. No había forma de quitármelo de encima. Al final del segundo asalto lo tuve a distancia una fracción de segundos y conseguí conectarle un buen recto a la mejilla. Se tambaleó ligeramente, pero volvió imperturbable a la carga. En el séptimo round, Tony, mi contrincante, empezó a notar el cansancio. Ya no me arrinconaba con tanta facilidad. Por fin pude empezar a soltar mis mejores golpes. Los aficionados se dieron cuenta de que la pelea cambiaba y enfervorecidos empezaron a gritar “México, México…”. No pararon hasta varios rounds después. El noveno asalto marcó el principio del fin. Para entonces ya le había trabajado lo suficiente el cuerpo y empezaba a faltarle el aire. Se me quiso acercar, pero lo paré en seco con un uppercut a la mandíbula. Pensé que ahí se terminaba todo. Pero no habían pasado dos segundos de la cuenta del referee cuando ya estaba en pie dispuesto a seguir el combate. Incluso parecía enfadado por su despiste. Finalmente, llegó el fatídico duodécimo round. Para entonces, yo ya podía bailarlo y Tony Lowell apenas conseguía acercárseme. De hecho, cuando eso ocurría era porque yo lo permitía. En esas ocasiones, intercambiábamos nuestras gotas de sangre y sudor y sentía su jadeante aliento en mi hombro.  Pese a su cansancio, Tony  seguía soltando golpes y su voluntad no había disminuido. Avanzaba. Avanzaba sin importar cuán duros fueran mis golpes. Yo también estaba cansado. Quería acabar lo más pronto posible. De pronto, cuando estábamos enzarzados en el centro del ring dimos un medio giro como si fuéramos una pareja de baile y, al acabar el movimiento, me desprendí y lo conecté con un recto de derecha en la mandíbula. Por primera vez en toda la noche sentí cerca el fin. Esta vez, le costó levantarse, pero su mirada mantenía ese brillo de determinación que no lo abandonó en toda la pelea. Nos juntamos en el centro del ring. Sabía que la próxima sería la última andanada por lo que no quería precipitarme. Dejé que me conectara un jab y que se acercara. Cuando lo tuve a distancia disparé mi golpe; un recto que estalló en toda su cara y produjo su última caída. Ahí terminó todo. El árbitro me declaró vencedor y mi utillero me levantó en hombros para escenificar mi entronización. Desde arriba vi al padre de Tony, que era también su entrenador, alarmado intentando reanimar a su hijo  que ya nunca despertaría. También desde arriba los vi por primera vez. Los aficionados no venían a ver a dos boxeadores practicando el arte de la defensa. Lo que buscaban era la sangre; la tragedia. Para ellos, tan solo éramos gladiadores y uno tenía que morir. O como diría Tina Turner en una película chafa: “dos entran, uno sale”. Después de eso, perdí el interés por el boxeo. Hice unas 10 peleas más con división de resultados hasta que un boricua me partió la cara y dije: “No más”. Ya no pude volver a pelear igual. Cuando le estaba dando una putiza al rival me venía el recuerdo de Lowell e instintivamente aminoraba el castigo. Cuando era yo el que recibía los golpes, me invadía el miedo a que se repitiera la historia conmigo de protagonista en esa ocasión. Cuando empezaba mi carrera, creía que llegaría a las 100 peleas como los más grandes. Después de pelear con Lowell, me centré en conseguir lo suficiente para poder vivir cómodamente y abrir mi propio gimnasio.   

Yo lo maté. Por supuesto no quería, pero el resultado es el mismo. Pasaron 50 días desde que cayó hasta que murió. Pasarán más de 50 años, pero yo seguiré recordando el momento en que mi rival cayó como un árbol derribado en el centro del ring. Los doctores dicen que lo que lo mató fue la fragilidad de su calavera; que de no haber sido en esta pelea habría sido en la próxima. Pero, ¿por qué chingados tuvo que ser en mi pelea?

Saturday, September 19, 2020

Vidas paralelas


  Nací el día en que el sargento Schoichi Yokoi regresaba a la civilización. Había sido capturado por unos pescadores a los que había atacado, creyendo que aún seguía en la guerra. Al igual que yo, él retornaba de un gran exilio. Yokoi había estado confinado en una isla; yo en dos. Él se había enfrentado a las bestias de una jungla inhóspita, yo había tenido que lidiar con los bestias de mis captores. Él era un veterano de la segunda guerra mundial; yo también luché en otras guerras, ciertamente no tan aberrantes, pero donde se derramó mucha sangre. Al igual que él, pienso que la guerra no ha terminado, por más que ya no se oiga el estruendo de los cañones. Sin embargo, no apruebo su famosa frase: “es con mucha vergüenza que regreso”.  De lo único de lo que él debería estar avergonzado es de haber sido  sometido  por dos pescadores, pero, después de más de un cuarto de siglo, quizá se dejó capturar. Quiero decir, ¿de qué sirve estar listo para el combate si no hay nadie a tu alrededor? Yo supongo que pensaría que era mejor enfrentar su destino, así fuera la ejecución, que seguir languideciendo en la isla. Además, si él hubiese sido soldado mío, yo lo habría condecorado, pues nunca hizo caso de lo que fácilmente se podía considerar mentiras del enemigo. Me refiero a los folletos que soltaban los americanos desde los aires, anunciando el final de la guerra. Cierto que era verdad, pero él como podía saberlo. Cualquiera que fueran sus motivos al atacar a aquellos pescadores, creo que mereció el homenaje que le rindieron. De hecho, he de reconocer que yo no habría podido aguantar tantos años viviendo en una cueva. Y la prueba es que sólo resistí 6 años en condiciones materiales mucho más propicias. Eso se llama disciplina.

Yokoi era un buen soldado, pero no tenía talento para el mando. Nunca buscó escapar de la isla a diferencia mía. Mi fuga apenas duró un poco más de tres meses y, cuando me volvieron a apresar, me mandaron al fin del mundo para evitar que me volviese a escapar. Pero esos fueron los años finales de mi otra vida. Mi historia reciente asemeja en ciertos aspectos mi vida pasada. Nací nuevamente en una isla. En este caso, Puerto Rico.  Me dirigí a Nueva York; la actual capital del mundo con una beca fullbright para hacer mi carrera en economía. Ahí conocí a Josephine Stewart, una de las hijas del multimillonario de los medios de comunicación. Pronto me di cuenta de que lo mío era mandar sobre los hombres. Ya no podía ser en el  campo de batalla; un trabajo mal visto en nuestros días. Ya no se podía adquirir ni la gloria ni el poder a través de esta noble profesión. La sociedad se había vuelto pusilánime en doscientos años y se asustaba si se topaba con un cadáver en la calle. Supongo que Yokoi coincidiría con mi diagnóstico. A fin de cuentas acabó repudiando a la sociedad de su tiempo y luchando por el ecosistema. Yo, en cambio, me di cuenta de que los negocios eran una forma de hacer la guerra por otros medios. Adquiriría tal fortuna que, a su debido tiempo y con un mensaje populista plagado de invectivas contra los inmigrantes, conseguiría la Presidencia de los Estados Unidos. Por ello, mi primera decisión, tras la boda, fue convertirme en americano de pleno derecho. Y la segunda, crear esa fortuna en la bolsa de valores. En algo sí se parece la bolsa a un campo de batalla; las consecuencias. Los resultados de una decisión bursátil pueden conllevar la perdida de trabajo de miles de personas, suicidios colectivos o el hundimiento de un país entero. Además, ya no es necesario demostrar la superioridad intelectual o la mayor fuerza. Tan sólo es necesario esparcir un rumor y esperar a que cunda el pánico en las filas enemigas. Da igual que se trate de una mentira, acabará convirtiéndose en realidad. Al igual que en mis antiguas campañas, mis operaciones eran veloces e imprevistas. Veía el objetivo y ordenaba el ataque a mis soldados-funcionarios. Pronto me gané una fama universal y, cuando alcancé los mil millones, el mote de “El emperador de los negocios”. Que dulce y querido era ese apodo. Qué tiempos tan bellos me recordaban al lado de mi Josefina.

No obstante, cometí un error garrafal de cálculo que me costó una derrota tan amarga como la que sufrí en Bélgica tiempo atrás. Invertí grandes cantidades en bonos de las hipotecas o, como todo el mundo las conoces, acciones subprime. Nunca pude probarlo, pero sé que fue un plan urdido por mis enemigos los ingleses y sus primos; los americanos ingratos. No les importó destruir Grecia y otros países con tal de destruirme. Perpetraron una tormenta perfecta de los mercados que llevaron bancos y aseguradoras a la quiebra. Ese fue mi Waterloo moderno. Y ahora me encuentro atado en está lóbrega habitación, esperando ser rescatado.

-Ten mucho cuidado con ese paciente – le dijo el celador a su relevo novato. Es un ex millonario que perdió toda su fortuna en la última crisis y se cree la reencarnación de Napoleón. 

Thursday, July 30, 2020

La fine del capitalismo

All’inizio, tutto il mondo credeva che si trattasse di una malattia arrivata dalla Cina, vuoi per la poca igiene negli spazi pubblici, dei suoi abitanti o per la sua abitudine a mangiare tutti i tipi di insetti. Qualcosa come influenza aviaria o la peste suina che si risolverà. Pian piano questa malattia invase altre nazioni. I cinesi vollero nascondere il fatto, ma una volta che non fu più possibile, agirono con misure severe, rinchiudendo i cittadini nelle proprie città, nelle proprie case, in modo tale da ridurre pian piano il numero di malati. In quel momento il virus aveva iniziato l’invasione del pianeta. Qualche nazione ha reagito con velocità chiudendo i confini come la Russia o uscendo a cercare il nemico sulle strade negli individui che sembravano più sani. I più intelligenti furono i Coreani, i quali fecero miliardi di test e con l’aiuto della popolazione, che aveva seguito i consigli di non uscire di casa sul serio, ridussero in un mese i contagi. Mentre tutto si evolveva in Asia, gli europei pensavano che non fosse una cosa tanto importante. “Una volta arrivato il bel tempo il virus scomparirà” dicevano, anche se in Australia, dove era piena estate, la malattia progrediva lentamente. Nel momento in cui una delle fiere più importante di telefonia a livello mondiale fu sospesa perché i lavoratori delle aziende multinazionali rifiutarono di andarci, tanta gente accusò i dirigenti di dette compagnie di codardi deplorando il danno causato dalla cancellazione dell’evento in questione. L’allarme suonò finalmente quando i contagi arrivarono in Italia. Fu quando iniziarono a morire i cittadini del mondo occidentale che presero l’argomento sul serio. Ogni giorno gli infetti aumentarono in forma strepitosa, anche i morti. Tuttavia, quasi tutti i sovrani si rifiutarono di affrontare il nemico in stile cinese. Trattenendo i cittadini nelle proprie case si andava contro i valori democratici che sostenevano di difendere. Nonostante ciò, finirono per prendere queste misure quando il danno fu già stato fatto. Il problema fu affrontato in due modi diversi. Imitare il modello cinese e trattenere la popolazione in modo da non saturare gli ospedali o non fare nulla e sperare che dopo un contagio di massa iniziale, la popolazione sviluppasse i propri anticorpi. Nei paesi poveri, tranne l'Iran, non c'erano così tanti malati o morti. Si pensava ancora che le temperature alte e qualche cibo speziato fermassero il contagio, per non parlare di bevande spirituali, ma la realtà era molto più semplice. In Africa vi erano pochi tamponi, di conseguenza la popolazione ammalata risultava ufficialmente ridotta, oltretutto in questo Paese la popolazione era relativamente giovane e solo un 10%-15% correva il rischio di morire. Però le persone malate erano comunque molte, e così si avvicinava il grande pericolo che potesse succedere qualcosa che nemmeno il più bravo degli scrittori di fantascienza poteva immaginare: il mondo quasi si fermò. Le fabbriche chiudevano, i lavoratori venivano licenziati, gli impiegati cercavano di lavorare da casa discutendo con la moglie e i figli. La Cina era la fabbrica del mondo: fermandosi lei, finirono le provvigioni per automobili, medicinali, elettrodomestici e qualsiasi prodotto immaginabile. L’altra faccia di questa guerra era la parte medica: neanche in questo momento così grave le aziende farmaceutiche erano state in grado di mettere da parte le proprie divergenze per unire gli sforzi, bensì solo competere per vedere chi scopriva per primo il vaccino e riusciva a prendere i soldi dei malati. Uno dei primi successi fu la scoperta del vaccino antinfluenzale che riduceva il tempo di guarigione di persone infette lievi. Quando questo medicinale uscì sul mercato, la gente fece un respiro di sollievo. Finalmente c’era un trattamento che faceva guarire in tempo record, facendo si che il lavoratore non si assentasse più per molto tempo dal suo impiego. A morire erano le persone anziane, in un altro tempo viste come persone rispettabili della società, ora viste come fastidiose nel mondo neoliberale, giacché nessuno si preoccupava di loro se non i propri cari. Infatti, anche se nessun politico lo ha mai confessato (neanche Trump), vedevano come qualcosa di soddisfacente la morte degli anziani, perché nelle proprie menti, rappresentavano spese per lo stato e nessuna produzione. Un’impiegata di un’organizzazione di credito internazionale -Karine La Merde- aveva già avvertito del pericolo degli anziani per il sistema economico dominante: “Questi maledetti vecchi incoscienti vivono troppo e finiranno per mandare in fallimento l’economia mondiale. Quando hanno fatto i calcoli, non si pensava che potessero vivere più di 80 anni come media. Però i giapponesi e gli spagnoli hanno una media tra i 90 e 100 anni: che mancanza di rispetto per le generazioni che ci seguono!” Se gli umani avessero riflettuto forse avrebbero potuto salvarsi. Essi non sono stati capaci di vedere la bontà di un mondo meno interconnesso, con meno voli. In tutti quei posti dove le fabbriche furono chiuse temporaneamente e le persone non usavano più le macchine per andare a lavoro la qualità dell’aria migliorò e, anche se all’inizio ci furono tensioni per condividere 24 ore con familiari semi-sconosciuti, presto si ripresero le abitudini di dialogare seduti a tavola, tornarono di moda le letture o i giochi da tavola con i dadi e le fiches. Era un buon momento per pianificare lo stipendio base universale. Tutti sapevano che in pochi anni i robot avrebbero preso il mercato del lavoro e solo una nicchia di tecnici informatici specializzati avrebbero continuato ad avere un lavoro. Forse un 10 per cento della popolazione. Un mondo meno interconnesso potrebbe impedire questi focolai virali universali. Ciò nonostante, l’essere umano non sapeva rimanere fermo. Si sentiva colpevole di non fare nulla. E appena il pericolo fu passato, i cinesi aprirono a tutto andare le proprie fabbriche. Era solo questione di settimane affinché si trovasse il vaccino che potesse mandare in pensione il virus spaventoso. Quello che nessuno aveva immaginato era la mia capacità di mutazione. La mia seconda ondata continuava ad essere contagiosa come la prima, e, ma differenza con la differenza che poteva colpire anche giovani e bambini. Chiunque poteva cadere nella mi morsa. Ma la cosa davvero interessante della mia versione 2.0 era che rendeva sterile l’intera popolazione della terra. È costato più di un secolo, ma finalmente oggi gli animali e i batteri possono convivere senza che gli umani li disturbino. Quello che comunisti, fascisti, integralisti non sono riusciti a fare, sono riuscito a fare IO: il coronavirus. Senza umani non c’è domanda né offerta. Né prodotti né borsa di valori. In poche parole, ho sconfitto il capitalismo. Cosa che si poteva ottenere solo con lo sterminio degli esseri umani.

Friday, July 17, 2020

La fin du capitalisme


Au début, tout le monde crût qu’il s’agissait d’une maladie qui avait surgi en Chine à cause du manque d’hygiène des chinois dans leur rues ainsi que de leur goût à manger toute sorte d’animaux. C’était une sorte de grippe aviaire ou de fièvre porcine qui s’arrangerait. Peu à peu cette maladie avait envahi d’autres nations. Les chinois ont voulu cacher le fait, mais quand ceci ne fut plus possible, ils agirent en prenant des mesures draconiennes, emprisonnant leurs citoyens dans leur propre maison et ville. Le but était de réduire peu à peu le numéro de malades et vaincre la maladie.

Vers cette époque, le virus avait déjà commencé la conquête  du monde. Quelques nations ont réagi avec prestesse comme la Russie en fermant leurs frontières. D’autres, ont décidé de faire face à l’ennemi en cherchant le virus dans les rues entre les personnes qui se trouvaient apparemment en bonne santé. Les plus malins furent les coréens du sud qui firent des milliers de test et, avec l’aide de la population qui obéissait totalement aux recommandations de rester à la maison, commencèrent à vaincre l’épidémie un mois après les premières transmissions. Pendant que le virus resta en Asie, les européens crurent  que ce n’était pas si grave. Avec le beau temps, la bestiole disparaitrait. Pourtant en Australie, qui se trouvait en plein été, la maladie progressait lentement.

                Quand le congrès de téléphones cellulaires s’est annulé à cause du refus d’assister les travailleurs des multinationales, beaucoup de gens ont accusé les exécutifs de lâches et les ont responsabilisés des maux occasionnées par leur choix. Les alarmes ont finalement sonné quand le virus est arrivé en Italie. Les habitants du premier monde ne s’inquiètent de rien jusqu’au moment où leurs habitants commencent à mourir. Chaque jour le nombre d’infectés augmentait exponentiellement ainsi que le nombre de morts. Mais même ainsi, les gouvernements ont refusé de faire face à l’ennemi à la façon chinoise.  Encloîtrer les citoyens dans leurs maisons allait contre les principes démocratiques qu’ils disaient défendre. Néanmoins, à la fin, ils prenaient la décision quand la maladie était déjà implantée dans leur pays.

Le problème s’est envisagé de deux façons. Soit imiter le modèle chinois et emprisonner les citoyens pour éviter la saturation des hôpitaux, soit ne rien faire et attendre qu’après une contagion massive, les citoyens développeraient leurs propres anticorps. Dans les pays pauvres, sauf l’Iran, il n’y avait pas tant de malades et de morts. Quelques uns crurent que ceci était dû aux températures élevées et à leur gastronomie pleine d’espèces ainsi qu’à certaines boissons spiritueuses. N’empêche que la réalité était bien différente. Les pays pauvres n’avaient pas de tests, surtout en Afrique, donc officiellement il n’y avait pas tant de malades. Leur population était jeune (10-15% de vieillards) ce qui diminuait d’avantage le taux de mortalité. Néanmoins, le nombre de morts fut si élevé qu’il arrivât une chose que le meilleur écrivain de science-fiction n’aurait jamais rêvé : le monde s’arrêta ou presque. Les usines fermaient et mettaient les ouvriers à la porte temporairement, les travailleurs des bureaux continuaient leur métiers chez soi en bataillant en même temps avec leurs fils et compagne. La Chine était l’usine du monde. Quand elle s’arrêta, la production de pièces d’automobiles, de médicine, d’électrodomestique et de n’importe quel autre produit s’arrêta.

Un autre front dans cette guerre était celui de la médecine, mais là encore, l’égoïsme humain continua. Au lieu de travailler ensemble pour trouver un vaccin, les savants luttaient entre eux pour avoir le médicament en premier. Celui qui gagnerait, obtiendrait l’argent des malades. Une des premières victoires fut la découverte d’un antigrippal qui diminuait le temps de convalescence. Quand cette médecine se commercialisa tout le monde respira tranquillement. Il y avait un traitement qui guérissait les malades en temps record, empêchant de cette façon que les malades soient absents à leur poste de travail / ratent du temps de travail à leur poste. Et comme les vieillards, autrefois personnes vénérés de la société,  étaient ceux qui mourraient. Personne ne s’inquiétait sauf les parents. Aucun président (même pas Trump) eut le courage de confesser leur plaisir de cette situation. Pour eux, les vieillards ne représentaient que des dépenses pour l’État et aucune production. En fait, la fonctionnaire d’un organisme de crédit international appelé Karine La Merde, avait déjà averti du danger que représentaient les personnes âgées pour l’économie : « Ces maudits vieillards n’ont aucune considération envers les plus jeunes. Ils vivent trop longtemps surtout au Japon et en Espagne où ils atteignent l’âge de 90 et 100 ans même. Quand on faisait les calculs on croyait que les gens mourraient à peu près à 80 ans en moyenne ».   

Si les humains avaient changé leurs habitudes, peut-être qu’ils auraient pu se sauver. Eux qui se disaient les plus intelligents, n’ont pas vu les bontés d’un système interconnecté sans tant d’avions. Là où les personnes arrêtaient d’utiliser leurs voitures, la qualité de l’air améliorait considérablement. Bien sûr, dans les premières semaines de confinement, se retrouver 24 heures avec des inconnus –la famille- n’était pas facile. Mais après quelques jours, ils récupérèrent l’habitude de discuter entre eux au déjeuner, et de jouer ensemble ou lire. Le moment était venu de soumettre la question du salaire universel. Tout le monde savait qu’en quelques dizaines d’années les robots remplaceraient les travailleurs. Seule une élite d’informaticiens, peut-être 10% de la population mondiale, auraient un boulot. Néanmoins les humains ne savent pas rester calmes. Ils se sentaient coupables de ne rien faire. Sitôt le danger passé, les chinois réouvrirent leur fabriques avec de grandes publicités. Ce n’était qu’une question de temps pour qu’un vaccin en finisse avec l’effroyable virus.

Personne ne conta avec ma capacité de mutation. Ma deuxième vague fut aussi contagieuse que la première, mais elle n’épargnait plus les gamins et les jeunes. N’importe qui pouvait tomber. Mais la véritable génialité de ma version 2.0 fut de provoquer l’infertilité des femmes. Cent ans après, les animaux et bactéries purent vivre tranquillement sans avoir à craindre les êtres humains. Là où  les communistes, fascistes et intégristes avaient raté, MOI, le coronavirus, j’avais triomphé. Depuis qu’il n’y a plus d’humains, il n’y a plus de loi d’offre et de demande, et la bourse de valeurs a disparu. En peu de mots, j’en ai fini avec le capitalisme en exterminant les êtres humains. C’était la seule façon.


Thursday, July 02, 2020

EL TESORO FAMILIAR


A mi amiga Inma que me dio a conocer esta bella historia

Por fin he logrado reunir el tesoro familiar que mi antepasado Ali Ben Ziyad -al Quti se llevara de Toledo en 1468. En aquella ocasión, la tradicional permutabilidad de nuestra familia no nos valió para evitar la expulsión de España, debido al fanatismo de Isabel la Católica. Desciendo de una familia de reyes godos que se convirtió al Islam tras la invasión de los musulmanes a España. No habríamos tenido ningún problema en volvernos a convertir al cristianismo tras la reconquista, pero para los nuevos gobernantes estos cambios de pieles ya no valían. En Francia, en cambio, esas reconversiones dogmáticas le valieron la corona a Enrique de Navarra. 

 A lomos de mulas y camellos y a través de caminos plagados de bandoleros, mi antepasado logró llegar a África  y de ahí descender hasta Tombuctú. En la actualidad, acostumbrados a trazar una línea recta entre los dos puntos que queremos recorrer, su itinerario nos parecería de lo más estrafalario. Primero fue a la Meca y luego orientó sus pasos hacia el río Níger, pasando por el temible y desolado Tanezrouf y desembarcando en lo que hoy conocemos como Walata, desde donde recorrió el último tramo.  No conforme con impedir que le robaran, mi antepasado consiguió acrecentar el patrimonio en las distintas paradas que conllevaba tan larga jornada, gracias a sus artes como comerciante. 

Mucha gente me ha preguntado ¿por qué Tombuctú?, ¿por qué atravesar el abrasador Sahara para establecerse en esa remota ciudad, en aquel entonces llamada Gumbu? La respuesta es muy sencilla. En aquella época, Tombuctú era la Meca de los comerciantes africanos. Ahí se reunían los que venían tanto del Norte como del Sur y, por ende, era una ciudad próspera y segura. Más aún era el punto de conexión entre productos africanos y europeos. Además, ya mucho tiempo atrás Heródoto se había encargado de darle fama universal de opulencia a la ciudad al decir que todo se pagaba en montañas de oro. En cualquier caso mi antepasado medró con el comercio y acabó casándose con la hija del rey Alí “el grande”, haciendo así valer nuestros antiguos derechos regios. Su nueva posición le permitió aumentar el tesoro familiar y legárselo a su hijo que llegaría a ser con el tiempo una prominente figura en esa sociedad, tanto como médico como ministro, así como gobernador. El fue el que nos encargó a sus descendientes que velásemos por mantener junto el tesoro familiar y ampliarlo. Desafortunadamente, nada es para siempre y el advenimiento de Almanzor de Marruecos obligó a mi familia a exiliarse en Kirshamba. Ahí tuvieron que aprender a arar y cultivar la tierra; ellos que habían nacido para gobernar pueblos enteros. Pero fue ahí también, donde encontraron la solución para evitar que el tesoro cayera en manos de los ambiciosos o fanáticos, en cuyo caso se habría perdido para siempre. Como las distintas ramas de la familia se habían esparcido a lo largo del río Níger, la solución fue repartir el tesoro entre todos hasta que la situación se calmase. Curiosamente, nunca ha faltado, en las siguientes generaciones, alguien que se ocupara de esa labor de reunir nuestra riqueza. Así ocurrió en el siglo XVII, cuando Mahmud Kati II lo buscó y llevó a Thié con su esposa, la nieta del famoso arquitecto Es Saheli. Su hijo Ibrahim se vio avocado a volver a dividir la fortuna familiar para que un  nieto suyo, Muhamad Abana, se empeñara en volver a recuperar todas las piezas posibles. Para ello viajó por toda la curva del Níger visitando remotos familiares. Sin quererlo, él generó un tesoro de otra magnitud al dejar inserto en las piezas recuperadas, los precios y las formas de pago. Estas anotaciones, hoy en día, son todo un  tesoro para los estudiosos de la época. Esto ocurrió a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Lo malo de esta región es su inestabilidad. Primero el fanatismo de Sheik Amadou y luego los imperialistas franceses obligaron a mis antepasados a dividir en lotes la biblioteca familiar. No todos los libros se han conseguido salvar del fanatismo y la ambición, pero sí una gran parte de ellos. Hasta 7000. El tiempo pasó y la gente empezó a hablar de la biblioteca familiar como una leyenda; pero no para mí, Ismail Diadié Hadara. Mi familia ha sido la portadora de la luz frente al fanatismo y el odio a lo largo de estos 5 siglos. Hemos salvado a la cultura del fanatismo cristiano e islámico, así como de los caprichos de aventureros. Desde muy temprana edad, he recorrido este país a fin de recuperar cuantos ejemplares pudiera. Después, todo mi afán consistió en proveerles de un lugar digno. No obstante, nuestra fortuna pecuniaria regia se ha desvanecido por lo que tuve que recurrir a aquellos que nos echaron de nuestra tierra original; los españoles. Gracias a ellos, la fortuna de mi antepasado a la que se unirá toda clase de documentos familiares, tendrá un lugar digno de estudio en Tombuctú. He cumplido con mi misión histórica. Ahora solo tengo que velar por su seguridad.     

 


Saturday, June 20, 2020

FINAL

            Foto de Voytah by pexels (https://www.pexels.com/es-es/@v-o-y-t-a-h-1516057)

Hoy es el último día del estado de alarma. En total, han sido 99 días en que hemos visto nuestra movilidad afectada, al tiempo que contemplábamos impertérritos las cifras de nuevos contagios y fallecimientos. Ahora podemos volver a caminar por nuestras ciudades y pronto allende fronteras, pero estamos a años luz de volver a una situación similar a la existente antes de la pandemia. ¿Volveremos algún día a viajar en transportes saturados y sin mascarillas?

Durante este tiempo, he intentado aportar mi visión de los hechos con un cierto tono optimista y humorístico, buscando eludir en todo momento los tópicos que escupían nuestras televisiones día tras día. De esta forma, en algunas ocasiones he contado mis batallitas caseras como mi lesión de espalda o mis primeros paseos por el barrio acompañado de mi esposa. En otras, he abordado las noticas acerca de los avances médicos y, finalmente, en otras tantas he descrito la incompetencia y mezquindad de nuestros líderes ante la crisis.

Sin embargo, he notado que en las últimas semanas empiezo a repetirme. Seguramente, ustedes lectores también lo habrán notado y por educación no me lo han mencionado. Además, tengo otros proyectos literarios aparcados como corregir mi novela corta Cartas chilangas o escribir una obra de teatro acerca del gran muralista mexicano David Álfaro Siqueiros, apodado el Coronelazo.

        Por todas estas razones antes referidas, he decidido dejar de escribir crónicas acerca de esta enfermedad a partir de mañana. Aprovecho este último post para dar las gracias a todas las personas que me mandaban sus comentarios y apoyos cada dos días. Ha sido una experiencia muy gratificante el establecer este contacto cada 2 días con ustedes y prometo seguir mandándoles mis textos. Ya se trate de una artículo, un cuento o  una novela. Eso sí, si desafortunadamente llega una segunda oleada que nos vuelve a obligar enclaustrarnos en nuestras casas, volveré a publicar mis crónicas, pero esperemos que no se reproduzca esta pesadilla. Reciban un fuerte y cariñoso abrazo.

Friday, June 19, 2020

PROLOGÓ DEL LIBRO "LAS CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS"


No llevábamos  ni una semana de Estado de Alarma, cuando Miguel Ángel de Rus nos propuso a algunos autores de Ediciones Irreverentes publicar en el blog de Sexto Continente relatos sobre el coronavirus. En poco tiempo, dos docenas de autores habíamos entregado nuestros cuentos que fueron leídos por más de mil personas. Tan buenos resultados alentaron a Miguel Ángel a publicar nuestras obras en un libro de papel titulado Los relatos del coronavirus, aparecido en julio pasado.

A partir de ahí, me surgió la idea de escribir breves crónicas acerca de la evolución de la enfermedad en Madrid y empecé a mandar a mis amigos mis textos a razón de 1 cada 2 días. Sin embargo, llegué a la conclusión de que mi visión de los hechos era tan solo una diminuta ventana acerca de esta tragedia que, por primera vez en la historia de la humanidad, detuvo al mundo entero al mismo tiempo; algo que no consiguieron ni la peste bubónica del siglo XIV ni la mal llamada gripe española hace 100 años.

Al tratarse de una enfermedad global, se requería de una visión lo más universal posible. Las crónicas del coronavirus reúne a 12 autores de 8  países y 3 continentes. Desde Seúl, Soo-Hyun Hwang refiere las dificultades que conlleva compartir 60m2 con 3 hijos y una esposa, al grado de obligarlo, ocasionalmente a huir a su despacho en una facultad vacía de la Universidad de Kyung Hee o regodearse con un partido de beisbol. Por su parte, Roberto Víctor Luna nos invita a contemplar Itzacalco, un barrio del oriente de la ciudad de México, desde la azotehuela de su departamento, al tiempo que hace un recorrido a través de la historia de su barrio. La sicología chilanga aplicada al coronavirus también está presente en su texto que tiene la facultad de hacernos agua la boca con sus recomendaciones gastronómicas. En contraposición, Susana Corcuera describe con gran maestría la vida en la lejana población rural de Esquipac, donde el trabajo nunca se para, especialmente si la zafra está lista para ser cortada. Por su parte,  el poeta sudcaliforniano Rubén Rivera Calderón nos habla de los tropiezos en un barco lleno de fantasmas que resulta ser su propia casa, situada en La Paz, capital del Estado de Baja California Sur. 

También están presentes en esta antología dos escritores que han combatido en primera línea la epidemia, exponiendo sus vidas. Desde Nueva York, Fernando Morote nos habla de su labor desinfectando edificios en una de las ciudades más castigadas del mundo por el coronavirus, especialmente cruel con los latinoamericanos y los afroamericanos. Pese a su heroicidad, nadie le aplaude sino que, por el contrario, lo miran con recelo. Por su parte, el doctor Manuel Cortés Blanco, epidemiólogo para más señas, nos habla de su agotador enfrentamiento diario contra la enfermedad, al mismo tiempo que busca entretener y explicar la situación a sus hijos. Algo similar le ocurre a Johari Gautier Carmona en Colombia, donde intenta hacerle entender a su hijo no sólo que es el coronavirus, sino porque debe seguir estudiando y haciendo deberes pese a no ir a clases. Y encima sin poder salir al parque.  

Jorge Majfud expone su visión de los hechos a través de un original relato narrado por un personaje de inquietante oficio; al tiempo que nos habla del asesinato de George Floyd y su incidencia en la salud mental de Donald Trump.

Desde Francia, el filósofo José Amezcua Bravo nos invita a reflexionar acerca de nuestra responsabilidad en el contagio de la enfermedad y de cuán libre somos o creemos serlo. Por su parte, Cyril Jouhannet expone en un diálogo las consecuencias del proceder egoísta del ser humano en esta y otras crisis. No aprendemos.

Finalmente y no menos importante, Pascal Buniet describe desde Tenerife cómo será la nueva normalidad; enmascarada, incompleta. Con unos ojos y el pelo como toda visión de los otros seres humanos. Al mismo tiempo, nos recomiendo que, a pesar de todas las desgracias y el confinamiento, no dejemos de vivir nuestras vidas.

Cada uno de los autores ha aportado su visión acerca de la evolución de la enfermedad en su respectivo país de residencia, así como la forma en que este virus les ha afectado en su vida cotidiana. No obstante, han conseguido dejar atrás los elementos que vemos a diario en las noticias (número de enfermos y muertos, medidas a tomar, avances en la búsqueda de la vacuna, etc...), para aportar  visión caleidoscópica acerca  de la tragedia más importante que hemos vivido en décadas como especie. Espero que los lectores disfruten tanto de su lectura como yo compilando los textos.

Wednesday, June 17, 2020

EL COPIAVIRUS EN OCCIDENTE


Desde que empezara la pandemia y, más concretamente desde que se agudizara ha habido una serie de comportamientos que se han repetido en Europa y América. Lejos de propiciar una tregua entre los gobiernos y sus respectivas oposiciones, la pandemia no ha servido más que para exaltar todavía más los ánimos.

Además, pareciera que los opositores se copian de un lado al otro del océano Atlantico. Que en España cunden las noticias falsas (prefiero usar este término en castellano a la payasada anglicista de fake news), México no se queda atrás y alcanza la segunda plaza mundial en esta materia solo detrás de Turquía. Que los gringos salen a la calle en plena pandemia a protestar porque consideran violados sus derechos constitucionales, pues los españoles no se quedan atrás y organizan sus propias rebeliones sin temer un rebrote de la enfermedad. Cada forma de protesta se ha reproducido en uno y otro lado del charco incluída la manifestación de los coches ideada por VOX que también tuvo imitadores en México. El último motivo de queja que ha sido secundado por toda Europa tuvo como causa la triste muerte de George Floyd a manos de un grupo de policías sádicos. Incluso el famoso gesto de protesta de Colin Kaepernick, de hincar la rodilla cada vez que sonaba el himno americano  que provocó su expulsión del futbol americano, se ha vuelto viral y de esta forma hemos podido ver el domingo pasado a Marcelo hincar la rodilla tras anotar su gol en el Real Madrid-Eibar.

En ese sentido podemos decir que, en Occidente, la globalización ha triunfado ya que no pasan ni 24 horas de una protesta que esta tiene sus imitadores del otro lado del charco. Ahora bien, lo que reflejan todas estas imitaciones es la carencia de originalidad de nuestra época. No me extraña que abunden los remakes de clásicos del cine en nuestros días. ¿Dónde quedó un Chaplin que criticaba al nazismo y al fascismo al tiempo que nos hacía reír?¿Donde hay alguien tan ingenioso como Gandhi capaz de movilizar a todo un país mediante la quema de sus ropas o la evasión del impuesto de la sal? “Haremos una fogata tan grande que se verá en Delhi y en Londres”, decían los manifestantes cuando llevaban a quemar las ropas que generaban la miseria de su pueblo. Ni siquiera hay grandes oradores capaces de soltar un discurso inspirador como el  Yo tengo un sueño… de Martin Luther King. Se solía decir que cada pueblo debía encausar su lucha en función de sus peculiaridades. Hoy en día, la lucha se encausa en función de la cantidad de cámaras que se puedan presentar al acto.  


Monday, June 15, 2020

PICNIC EN EL JUAN CARLOS I


Inaugurado en 1992, el parque Juan Carlos I es el segundo más grande de Madrid tras el parque forestal de Valdebebas y por delante de El Retiro. Uno de sus atractivos consiste en que se encuentra en una zona muy ventosa por lo que es la delicia de aquellos que les gusta hacer volar sus cometas. Y para cualquiera con un mínimo de sensibilidad es también un espectáculo ver el cielo salpicado de toda clase de colores como si se tratase de la paleta de un pintor. Desde ahí se divisa el todo portentoso estadio del Atlético de Madríd con una gigantesca bandera por si quedaban dudas. En él se puede practicar ciclismo, atletismo e incluso kayak.

El Domingo pasado, para romper con esta rutina carcelaria impuesta por el coronavirus, Vicky y yo decidimos llevarnos unos bocatas y pasar unas horas en el parque. Cómo llegamos al medio día, las mesas ya estaban tomadas, por lo que pasamos al plan B consistente en buscarnos una zona sombreada, extender el mantel y sentarnos en él con todo y bártulos. A partir de ahí, Vicky se dedicó a estrenar su nuevo objetivo fotográfico intentando capturar pájaros que brillaban por su ausencia, mientras que yo machacaba mis neuronas para intentar resolver el sudoku y, más complicado aún, el crucigrama blanco de El País. Al final la suerte fue dispar. Vicky no consiguió fotografiar pájaro alguno y yo conseguí resolver el crucigrama, pero me equivoqué por ansioso en el sudoku. Tengo la norma auto impuesta de que cuando detecto un fallo (un mismo número repetido en una línea)   tacho el sudoku y dejo de jugar. En cambio, si consigo resolverlo marco una paloma encima de él.

En lo que sí no hubo fallo alguno fue en los bocatas y sándwiches. De primero tomé un emparedado vegetal y de segundo un bocata con una cinta de lomo adobado, mientras que Vicky se tomo un gazpacho de primero y un sándwich vegetal de segundo. A partir de ahí, recogimos nuestra improvisada mesa y retornamos. Vicky tenía un compromiso, mientras que yo debía cumplir con el sacrosanto ritual de la siesta. Si les soy sincero, mis queridos lectores, esto de los picnics no es algo que me apasione. Sin embargo tras varios fines de semana pasados en casa, cualquier actividad al aire libre resulta más que gratificante. Ya veremos que se nos ocurre para la próxima semana