Encendí un
cigarro mientras oía los pasos de Cristina alejarse. Lo había dejado años
atrás, pero qué coño, si iba a morir porque no disfrutar de la vida el tiempo
que me quedaba. Empecé a oír otros pasos, firmes y fuertes, sobre la crujiente
tarima. Me senté en la cama de espaldas a la puerta. Cuando ya estaban muy
cerca se detuvieron y sentí entonces el escalofrío de la pistola fría en mi
nuca.
-Aquí estás.
Acabas de follarte a la tía más rica y viciosa del mundo en todas las
posiciones durante los últimos dos días y ahora, siguiendo tus deseos por los
cuales pagaste por adelantado, te voy a matar. Por eso te encuentras ahora con
mi pistola en la nuca. Claro está que si has cambiado de opinión, no sigo
adelante, pero sólo te devuelvo la mitad del pago. Tú verás.
-Aguántame un rato.
-De acuerdo, estaré en la cocina.
¿Cómo he llegado a este punto? En qué
momento decidí contratar a un asesino a sueldo y una supermodelo para alegrar
mis últimos días. Pensar que unos meses atrás, pese a mis problemas, me sentía
el rey en China. No es que Shanghái sea una ciudad alegre, pero sí resulta una
de las más estimulantes. Me recuerda el DF en donde vivía a tope; me sentía
capaz de cualquier cosa. No como en estas pinches ciudades europeas en las que
pareciera que toda tu trayectoria está ya definida y nunca vas a poder aspirar
a nada; sobre todo si se trata de algo nuevo. Es cierto que los pinches olores
de la ciudad china no son los más agradables que digamos. Cualquier parte a la
que iba, durante la primera semana, me parecía percibir una mezcla de mierda y
comida. En mi departamento era peor aún la cosa. El suelo de los pasillos y de
las zonas de los ascensores variaban según el piso en el que te encontraras.
Una vez, por despiste, me fui al penúltimo piso y me encontré con un más que
decente suelo de loseta roja acompañado de unas plantas, a diferencia del de mi
piso que era de vil cemento y cuya decoración se reducía a los basureros
comunales. Por la parte del ascensor teníamos toda la mierda del edificio, sin
embargo, por la parte de las escaleras, estaba la mierda que generaban por si
solos mis queridísimos vecinos. No sé
qué era peor. La primera vez que llegué ahí pensé en lo caro que sale lo barato
como dice el refrán. Sin embargo, el departamento sí tenía todo lo que quería.
Tele y video, lavadora y maquina de secar, cocina y sobre todo una cinta de correr,
además de los muebles necesarios. Tuve que pasar todo el fin de semana
limpiándolo, pero al final no me resultó desagradable. Al principio intenté
darle un repaso cada fin de semana, pero cuando ya me quedaban quince días y me
faltaba una visita a Hong Kong de varios días, decidí dar rienda suelta al alien para que se volviera a apoderar
del lugar.
El viaje a la isla fue lo que más
disfruté de todo el viaje. En apariencia era como estar en un Londres tropical,
pero lo que me hacía sentir vivo era el simple hecho de poder comunicarme con
quien quisiera en inglés. No todos lo hablaban, claro está, pero sí lo
chapurreaban en el peor de los casos. De lo único que sí me arrepentí en ese
viaje fue de la visita al monasterio budista situado cerca del aeropuerto.
Tenía una reunión muy cerca de China continental y luego tendría que
desplazarme otra hora en transporte público para llegar a la estación donde se
tomaba el teleférico que, finalmente, me llevaría al templo. En el camino de
ida me puse a platicar con una muchacha que se encontraba a mis espaldas y,
puesto que había recuperado la posibilidad de comunicarme fluidamente con el
resto de la humanidad, quise hacer uso del habla. Apoyé mi espalda a la ventana
y me puse mis piernas encima del banco; solo los pies sobresalían. El pretexto
sobraba, pero como en un momento dado había una bifurcación en el camino, le
pregunté si había tomado el tren correcto. Ella me dijo que sí y aprovecho para
preguntarme que de donde era. Jugué a las adivinanzas un rato y, finalmente, le
dije que era mexicano. Podría haberle dicho que provenía de cualquier país
europeo, pero pensé que para una china sería más exótico decirle mi verdadero
lugar de proveniencia. Al mismo tiempo, pase mi brazo por encima del respaldo
del banco, le puse la mano en el hombro y le dije, en tono tranquilizador, que
no se preocupase porque no había estado en mi país desde hacía dos años. Eran
los días de la influenza y los chinos y los hongkonitas estaban histéricos con
el tema de la plaga apocalíptica. Se pensaban que todos actuarían igual que
ellos con la crisis aviar, escondiendo las cifras a los organismos sanitarios.
De hecho, estoy seguro que no me habrían dejado entrar si hubiese presentado mi
pasaporte mexicano en la aduana. Una noche, durante los primeros días en
Shanghái, me intoxiqué con una lata de atún en mal estado. Mi primera reacción
fue ir al médico y, de hecho estaba muy cerca, de un hospital en el que
hablaban inglés. Pero después de reflexionar un poquito cambié de opinión.
Acabarían pidiendo mis papeles y viendo que nací en chilangolandia, y eso
acompañado de la fiebre que tenía, sería motivo suficiente para aislarme una
semana. Cómo sabía la causa de mi enfermedad o al menos me latía que se trataba
de una gastroenteritis, decidí aguantarme toda la noche a ver qué pasaba. Poco
a poco fue cediendo la fiebre y, al día siguiente ya estaba bien, aunque
cansado. A la vuelta de Hong Kong, me hicieron pasar 3 controles. Uno con el
termómetro laser antes de subir en el avión. Otro al llegar a Shanghái en el
avión y nuevamente con el mismo termómetro. La peculiaridad de este segundo
control era que los que lo hacían iban preparados para una guerra
bacteriológica con todo y escafandra. Si un solo pasajero daba positivo, se
empleaba entonces el termómetro de mercurio tradicional. En caso de persistir
la fiebre del susodicho, todos los pasajeros eran debidamente puestos en
cuarentena. Pero, por si no fueran pocas estas medidas, todavía faltaba, al
llegar a la aduana, pasar por debajo del arco térmico. Como si en 5 minutos
fueran a mostrarse los síntomas de la enfermedad. Tras tranquilizar a la
muchacha iba a retirar mi mano de su hombro, pero ella la cogió con sus dos
manitas y me dijo que me iba a leer la mano.