Wednesday, April 22, 2020

EL HORROR DEL CORONAVIRUS



Recuerdo una película un poco lacrimógena acerca de un niño cuya madre muere. Ella es llevada al hospital para curarse de una simple enfermedad y ya no vuelve al hogar. El niño ocasionalmente habla con ella por teléfono, pero no la vuelve a ver  hasta que ella ya se encontraba en estado terminal, días antes de fallecer. Sus únicas pistas vienen de las ocasionales  conversaciones telefónicas que cada vez resultan más complicadas dada la quimioterapia. En un momento dado el chico expresaba su definición infantil del horror y dice algo así como que existen dos tipos de horrores; el que se sabe que tendrá un fin como cuando se había roto el brazo y aquel caracterizado por la incertidumbre de qué va a pasar.
En el caso de la presente pandemia vivimos en un horror intermedio. Sabemos que tendrá un fin cuando se comercialice la vacuna. Incluso tenemos esperanzas de que en no mucho tiempo salga al mercado un remedio que pueda acortar el tiempo de sufrimiento, pero en él mientras desayunamos, trabajamos, comemos y cenamos en nuestras casas. En él mientras, nos enteramos todos los días de las muertes y nuevos contagios que parecen nunca terminar. Y por si fuera poco, no tenemos ningún país al cual aferrarnos como esperanza ya que por muy bien que hayan contenido la enfermedad, no son libres de rebrotes como ha ocurrido en  Japón y Corea del Sur; países elogiados por su buena gestión de la enfermedad. De hecho si vemos el mapa del coronavirus, sólo Lesoto, Turkmenistán, Tayikistán y Corea del Norte no tienen la enfermedad, ya sea por su alto grado de aislamiento o porque ocultan la información. En cualquier caso, como entenderán los lectores,
 No tengo la menor duda de que venceremos. Entre otras cosas porque llevamos miles años luchando contra los virus y siempre hemos terminado prevaleciendo. No obstante, mientras que llega el glorioso día de nuestra liberación es imposible dejar de pensar en todos los muertos y todos los que se contagian diariamente. De hecho otra de las pesadillas de esta enfermedad radica en el hecho de que ni siquiera sabemos cuántas son las personas enfermas y nunca sabremos el número exacto de muertos que ha ocasionado en cada país. Es más, como si se tratara de La invasión de los ultracuerpos podemos convertirnos en aliados involuntarios de la enfermedad al portarla, sin saberlo, y contagiar a otras personas. Venceremos, no cabe duda, pero no sabemos cuál es el precio que vamos a pagar por ello. A día de hoy son demasiadas las incertidumbres que se acumulan a corto y mediano plazo que hacen más difícil de llevar este horror de enfermedad y confinamiento

Monday, April 20, 2020

LA ESTUPIDEZ AL PODER


Seguramente pensarán que este artículo va a hacer referencia a cualquier de los líderes políticos que tan mal han encarado esta enfermedad que nos tiene encerrados desde hace más de un mes. El problema es que si hablara de los fallos e idioteces de Johnson y  Bolsonaro tendría que escribir un libro entero por cada político. En cuanto a López Obrador, dado que le gustan tanto las estampitas religiosas, la cosa adquiriría tintes místicos y se convertiría en la Biblia de lo que NO  hay que hacer en caso de una pandemia. Finalmente, el caso de Trump es digno de una enciclopedia capaz de competir en tamaño y entradas con la célebre británica.
Sin embargo, esta crónica de hoy va dedicada a un periodista Javier Alatorre o, como algunos ya le llaman, Javier Alamierda que es adonde se debería ir tras su gloriosa intervención ante las cámaras de Tv Azteca el viernes pasado. Por recordar algunos de los hitos del Sr. Alatorre, cuando fue asesinado Paco Stanley este seudo periodista orquestó con Televisa –más concretamente con Jacobo Zabludovski conocido en todo el país por su falta de imparcialidad-, una campaña de desprestigio hacia el alcalde de la ciudad de México, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Cuando salió la noticia de los nexos de Stanley, los críticos se callaron como si no hubiera  pasado nada. Eso sí, el Sr. Alatorre no perdió la oportunidad de emitir en directo el arresto de Mario Bezares; un antiguo colaborador de Stanley que luego fue liberado. Otro de los hits en los que participó el Sr. Alatorre en connivencia con Televisa fue la producción cinematográfica del antiguo Secretario de Gobernación Genaro García Luna, en la que se veía la persecución de un coche y el arresto de Florence Cassez. El arresto había ocurrido el día anterior sin cámaras, pero no les importó ser cómplices de esa producción chafa.
Con esos antecedentes, no debiera extrañarnos lo que haga frente a las pantallas el Sr. Alatorre. Incluso es comprensible que le tenga ojeriza al SAT por querer obligar a su jefe a pagar los impuestos atrasados que le debe a la tesorería. Está claro que se puede dudar de la veracidad de las cifras expresadas por el Subsecretario, así como se puede dudar de las mencionadas en el resto de países, especialmente en China e Irán. Pero de ahí  a exhortar a la gente a no hacer caso de las recomendaciones del Dr. López-Gatell y, por ende, salir a la calle en pleno periodo de confinamiento hay un largo trecho. No sólo se trata de una invitación al suicidio como se ha dicho, sino que atenta contra la seguridad nacional. Esperemos que sus oyentes no sean tan irresponsables como el Sr. Alatorre y tengan un poco más de cerebro.     

Saturday, April 18, 2020

Cuando la tecnología falla


Mi amigo Pepe me dijo una vez que el mundo es muy pequeño, pero que cuando la tecnología falla se ensancha. En efecto, en la actualidad podemos dar la vuelta al planeta no ya en 80 días como diría Julio Verne, sino en mucho menos de 80 horas si no hay retrasos y no se pierde la conexión. Podemos llevar nuestras voces a cualquier parte del planeta en segundos y leer los periódicos de todo el mundo, o al menos sus titulares, desde nuestro teléfono portátil. Es más, esos teléfonos han conseguido realizar el sueño de decenas de generaciones haciendo que la cultura y el conocimiento estén al alcance de todo el mundo. Desde ellos o desde nuestros ordenadores, podemos leer infinidad de artículos acerca de la Segunda Guerra Mundial, la vida de Nelson Mandela o contemplar las maravillas de la capilla Sixtina.  
La semana pasada, el teléfono fijo se descompuso por enésima vez y el internet siguió funcionando de manera irregular. Mi esposa y yo trabajamos desde casa por lo que necesitamos de ambas herramientas. Siendo que mi móvil está hecho una pena y todo el mundo se queja de lo mal que se me oye a través de él, tengo que usar forzosamente el tradicional teléfono fijo. A su vez, Vicky tiene varias videoconferencias al cabo del día por lo que necesita una conexión fiable. En fin, no quiero hacerles el cuento. Llamamos a nuestro servidor y nos mandaron un técnico que se presentó perfectamente equipado para la ocasión y más teniendo en cuenta de que Vicky es persona de riesgo: mascarilla y guantes. Acoté la zona de acción al salón que es donde se encuentra el router y el teléfono. Tras una análisis sumario, el técnico determinó que nuestra conexión telefónica era una antigualla y, ya puestos, hicimos el cambio de router para que el teléfono llegase por este medio y tener más velocidad de conexión.
No obstante, había que ajustar los parámetros en el ordenador del técnico lo que toma unos minutos. Cómo el hombre estaba sudoroso y yo me precio de ser un buen anfitrión, le ofrecí un vaso de agua que él me agradeció. Ese fue un grave error, pues, como el obvio, el hombre tuvo que quitarse la mascarilla y, peor aún, una vez que hubo terminado de beberlo no volvió a acomodársela hasta que me percaté de ello varios minutos después y le pedí que se la volviese a acomodar. Además, el primer equipo empleado llegó defectuoso de fábrica por lo que ni internet ni teléfono. Afortunadamente el técnico era precavido y traía uno de repuesto que sí funcionó. El saldo de ese arreglo se saldó con una bronca familiar por haber permitido el desenmascaramiento del técnico y una sesión exhaustiva de limpieza del salón. Eso le pasa a uno por ser buena gente.  

1 Foto de Cliford Mervil

Thursday, April 16, 2020

Los héroes denostados



Me entero por mis amigos de México que el personal sanitario está sufriendo discriminación y maltrato por estar más expuestos al virus que el resto de los mortales. Esa situación se traduce en que, por ejemplo, si un taxista ve a una persona con bata decide no hacerle la carrera. Aquí en España también se han producido casos de médicos, cajeros, farmacéuticos, etc... . que han sido invitados a abandonar sus casas por sus vecinos a través de mensajes anónimos dejados en lugares comunes del edificio. Incluso, en ambos países, personas de estas profesiones han visto como sus vecinos han pintarrajeado sus coches al amparo de la noche, con leyendas como “rata contagiosa”.
Entiendo que nadie quiere morir y que hay mucho miedo ante este virus desconocido, pero esta actitud cobarde y miserable de (quiero creer) unos pocos no tiene justificación alguna. Se imaginan en plena Segunda Guerra Mundial, después de que Churchill soltara su famoso discurso de “Nunca tan pocos, han hecho tanto por tantos”, a un inglés diciéndole a su vecino de la RAF que mejor haría en abandonar su casa, ya que su presencia aumenta las probabilidades de que  el inmueble sea bombardeado. Seguramente ese vecino miedoso habría sido juzgado  por un tribunal de guerra por derrotista. No quiero decir con esto que las generaciones pasadas eran más valientes que las actuales, pero sí estoy convencido de que no se habrían atrevido a publicitar su miedo de una manera tan cobarde por miedo a la repulsa de sus propios vecino que no habrían tardado en abrir una investigación paralela para descubrir al o a los mensajeros.
Más allá de lo vergonzoso de esos comportamientos que agreden a quienes nos protegen y permiten con sus arriesgados trabajos que los demás podamos permanecer recluidos y que podamos continuar comprando nuestros productos esenciales, estas actitudes deberían hacernos pensar en qué sociedad vivimos. No quiero juzgar a millones de personas por el proceder de unos cuántos. Más habida cuenta de que por cada felonía existen muchísimos más casos de heroísmo y solidaridad que me reafirman en la idea de la bondad del ser humano. No obstante, en un mundo en el que el YO es el valor supremo y lo único importante es amasar bienes materiales, no es de extrañar que surjan estos casos extremos de egoísmo y que encima no tengan desparpajo en hacer saber sus cobardías. Existen muchas teorías acerca de cómo será el mundo post pandémico. Quienes me han leído saben que soy pesimista al respecto, pero de corazón espero que los ejemplos de valentía mostrados por médicos, farmacéuticos, agentes de seguridad y trabajadores de supermercados entre otros sea el modelo a seguir.  
En la Segunda Guerra Mundial, un grupo de valientes futbolistas ucranianos derrotaron a un equipo nazi en un partido de propaganda organizado por estos últimos. Los ucranianos sabían que iban a morir en caso de victoria, pero no se dejaron perder pues querían darle una esperanza a su pueblo, un “sí se puede” y vencieron a los opresores. Ojalá que el sacrificio realizado por pacientes que renunciaron a respiradores artificiales para que se lo conectaran a una persona  más joven sea visto en el futuro  con admiración y no desde una perspectiva cínica de burla. Ojalá que en el futuro los jugadores del Dinamo de Kiev que jugaron ese mítico partido no sean denostados; que sus descendientes no tengan que oir una frase cínica del tipo:  “menuda estupidez; perder la vida por un partido de fútbol.”  


Wednesday, April 15, 2020

El misterio de las compras online

Ni el más sesudo Sherlock Holmes o Hercules Poirot serían capaces de explicar el misterio de las compras online. En sí mismo pareciera que cualquiera puede realizar la compra. El primer paso, cómo no, registrarse dejando todo los datos habidos y por haber. De milagro no piden la declaración de la renta y el acta de defunción. En el caso de Carrefour, se especifica que el servicio está enfocado, en estos tiempos de coronavirus, en las personas mayores y con discapacidad. En cambio, Día no hace ningún tipo de advertencia.
El segundo paso consiste propiamente en hacer la compra. De esa fase tan solo diremos que, a diferencia de lo que ocurre cuando uno visita físicamente un supermercado, para cualquier producto que se pida hay mil opciones por lo que la elección de cada producto, se vuelve ardua. Salvo que uno sea muy adicto a unas marcas y productos muy determinados. Después de una hora de debatirse los sesos llega el momento tan deseado de pagar y esperar cómodamente en casa a que una persona le traiga amablemente la compra. En esos momentos recuerdo las excursiones con guantes y mascarillas y de cómo se me empaña a cada rato las gafas. También vienen a mi memoria pasajes como el del martes 7 de abril en el que, tras una caminata con el carrito a rebosar  y 2 bolsas grandes llenas, arribé deseoso de subir por el ascensor y encontrarme que este estaba descompuesto. Al final tuve que hacer dos viajes; en el primero llevé las bosas. En el segundo,  subí escalón a escalón el carrito de la compra. Aún recuerdo el dolor de lumbares. Sin embargo todas esas miserias quedarán borradas cuando pague mi compra y me quede tranquilamente, esperando a que una persona más joven y fuerte que yo haga esas labores.
Y es entonces que surge el misterio. Uno de los establecimientos tarda hasta 6 semanas en entregar el pedido, mientras que el segundo establece una franja semanal de horarios de entrega que siempre está completa o No disponible. Da igual que uno se conecte a las 12 de la noche o a las 6 de la mañana o en la tarde, el resultado siempre es el mismo. ¿Acaso la leche pedida con ese tiene no caduca? ¿Existe un virus informático maligno que descarta de antemano las horas de entrega? ¿Este virus informático viene a ser un complemento del patógeno? Misterios… Al final, tengo que vestirme con mi uniforme antivirus, rezar un rosario afín de no ser contagiado y salir a la calle con mi carrito y las dos bolsas grandes de siempre. ¡Qué ganas de que ya se acabe esto! Pobres de mis lumbares. 

Sunday, April 12, 2020

30 DÍAS


   
       
             Llevamos ya 30 días de confinamiento en nuestras casas. Afuera empieza a asomar el buen tiempo por rachas. Sabemos que nuestro esfuerzo está dando resultados, pese a que no todo el mundo respecta escrupulosamente el confinamiento. Entiendo que es un sinsentido hablar de un buen día porque tan solo hubo 619 y el porcentaje de nuevos infectados bajo al 2,57%. Cada muerte es una herida en una familia que ni siquiera va a  tener el desahogo de poder velar y enterrar a su muerto. Cada nuevo contagio, especialmente si se trata de una persona mayor, es una nueva amenaza vital.
                Sin embargo, está claro que este es el único camino que nos queda si queremos evitar que la tragedia sea aún más grande, una vez que se ha descontrolado la situación. Ya veremos si el permitir que los trabajadores de la construcción y otros sectores no provoca un repunte de casos. Todos hemos tenido que adaptarnos a esta situación. Durante estos días festivos, me he dedicado a leer, escribir, hacer algo de ejercicio, jugar alguna partida con Vicky y ver una película o serie. Por supuesto siempre hay que acometer alguna labor doméstica.  El día no se me hace largo y, de hecho, más de una vez me encuentro con que ya ha llegado la noche y no he avanzado en mi obra de teatro acerca de la vida del muralista mexicano David Siqueiros; conocido mundialmente por haber intentado asesinar a Trotski y por su obra.
                El transcurrir de las horas no se me hace pesado. Lo que sí es un poco desalentador es ver la lentitud con la que bajan las cifras de nuevos contagios y muertos. Incluso en China, país que ya ha liberado a los ciudadanos de Wuhan y tiene bajo control la situación, existen aún más de 1000 enfermos y naciones como Japón y Corea han visto repuntes inesperados. Pareciera la historia sin fin. En ese sentido la única buena y sorprendente noticia es la cantidad de personas que se curan todos los días en España. De hecho, no lo he oído en ningún medio, pero me parece que este es el país en el que más rápido se curan los afectados de coronavirus; entre 3000 y 4000 diarios. De hecho, pese a que tenemos muchos más casos de contagio casos que Italia, los casos activos siguen siendo menos ya que tenemos el doble de curados que los trasalpinos. Y eso pese a que ellos tuvieron la enfermedad con 15 días de antelación. Sería interesante analizar cuáles son los elementos que permiten esa más pronta recuperación, así como resulta verdaderamente singular que, por ahora, este virus se cebe con las naciones ricas y no tanto con las pobres.




Friday, April 10, 2020

LA LLUVIA Y LAS TORRIJAS EN SEMANA SANTA



     Tenemos que estar agradecidos porque llueva en estos primeros días de abril, no sólo porque se nos quitan las ganas de salir a la calle en estos tiempos de confinamiento. Además se llenan los pantanos siempre tan necesitados de agua en algunas regiones del país. Más aun estando en semana santa que es sinónimo de calles abarrotadas de gente siguiendo las procesiones o en las playas empezando a gozar los primeros días. Lo que si no ha desaparecido con el coronavirus son las torrijas tan propias de esta época. El último día que fui al supermercado, uno de los productos indispensables de la lista era una barra de pan tipo chapata o lo que hubiera. Traje dos, pero mi esposa tuvo el buen gusto de solo emplear una, habida cuenta de que yo no iba a tomar torrijas esta semana santa, pues continuo con mi lucha incansable contra la báscula.
      En las últimas semanas, el combate se ha convertido en una desgastante guerra de trincheras en la que ninguno de los dos bandos consigue  avanzar un centímetro de la cintura. Por supuesto, no consigo que la maldita báscula cambie de posición al principio de la jornada. Mi único consuelo radica en el hecho de que tampoco sube, pero debo reconocer que el tema de las torrijas viene a ser como un campo minado y no solo porque me gustan mucho. Cuando era pequeño, mi madre solía hacernos tostadas francesas que vienen a ser muy similares a las torrijas, salvo que se emplea mantequilla en lugar de aceite en su preparación. Y, por supuesto, con su gran talento culinario, mi madre hizo un sincretismo gastronómico empleando un mollete para su elaboración. “Manjar de dioses”, según Rubén dijo tras desayunar en casa. La noche anterior seguramente nos corrimos una buena borrachera o, como decía él, tuvimos una fructífera pesca de ballenas (cervezas de litro y medio en el argot sudcaliforniano).
     El caso es que, como pueden ver mis queridos y escasos lectores, las torrijas no son un simple alimento que me gusta. Conllevan  una carga de recuerdos imborrables  que van desde los años de mi infancia pasados en Suiza hasta mi edad adulta, en los barrios bajos de la Ciudad de México, si tenemos en cuenta de que mi universidad se encontraba en Iztapalapa. Por ello me resulta verdaderamente difícil sustraerme a su encanto. Tendré que practicar meditación  o instalar un cerco electrificado en torno a su recipiente para que cada vez que quiera meter mano un chispazo aplaque mi afán. No obstante, para que vean que no soy envidioso, espero que ustedes puedan disfrutar de sus torrijas en casita mientras ven llover por la ventana.     

Wednesday, April 08, 2020

VENTAS SIBERIANAS



Mi trabajo como comercial me obliga a hacer decenas de llamadas cada día y mandar otros tantos emails para tener una oportunidad de presentar un proyecto a un expositor que va a participar en alguna feria nacional o europea. Se trata de una labor monótona y aburrida que me obliga a soltar las mismas frases durante todo el día. El primer obstáculo, suele ser el o la persona que se ocupa de la recepción. Existen dos o tres trucos para agradar a esa persona, pero lo cierto es que si ésta tiene consigna Sánchez del tipo no es no, por mucha ciencia y simpatía que se despliegue el resultado va a ser el mismo. Si se consigue franquear el escollo nos pasan con el departamento de marketing. Frente a la persona responsable no hay truco que valga. Suelto mi ofrecimiento rápido y espero su veredicto. Las más de las veces recibo un no, otras se me pide que mande un mail con la información de la empresa y de esos una minoría acaba fructificando en la creación de un stand en una feria.
En promedio dedico unos 3-4 minutos por llamada y, en cierto sentido, es bueno que me corten desde el principio para no hacerme perder el tiempo y poder realizar más llamadas. Cuando estaba en México, hubo un tiempo que vendí enciclopedias a colegios y particulares. Cuando uno llegaba de primeras, sin contacto previo, se decía en el argot local que se trataba de una venta fría o bajo 0. En el caso de los stands las ventas son siberianas. Al menos hasta que no haya pasado un tiempo de trabajo conjunto y ambas partes hayan adquirido confianza en el otro. Hay responsables de marketing con los que llevo hablando años sin habernos visto nunca las caras obstante, salvo en las fotos de nuestros perfiles de linkedin y, sin embargo, logramos tener una relación muy cordial y placentera. Pero las primeras conversaciones siempre son frías y secas. Ahora bien, un fenómeno extraño meteo-sanitario extraño está ocurriendo en las últimas semanas. El coronavirus y el calentamiento global han producido un deshielo en las relaciones entre comerciales y expositores. Por primera vez en mi carrera, me encuentro con que mis interlocutores no me responden con monosílabos o de plano me cortan la palabra para decirme que no les interesa mi propuesta, sino que se interesan por mi situación. Por ejemplo, los británicos me preguntaban acerca del confinamiento para saber lo que les esperaba y ver si le podía pasar algún consejo para sobrellevar el encierro. En cambio, los italianos, adoptan una postura solidaria y, durante un rato, hablamos de nuestras expectativas concernientes al día de la liberación. En términos generales, en todas partes, con decir que llamo desde Madrid, mis interlocutores adquieren consciencia de mi situación y me preguntan como estoy aunque no me conozcan de nada. Eso sí, después de charlar 5 minutos de lo humano y lo divino, si esa persona tiene la consigna Sánchez NO me va a pasar con el departamento de Marketing por mucha empatía que tenga. Algunas cosas nunca cambian.

Monday, April 06, 2020

Epidemias varias


Recientemente, mi amigo Pepe que da clases a niños de origen inmigrante me comentó que un alumno suyo se burlaba del temor de los europeos al coronavirus.
-Después de haber pasado la epidemia del ébola, entenderás que el coronavirus  no me da ningún miedo –dijo desafiante el alumno.
Si bien es cierto que el covid-19 está siendo mucho más letal que la epidemia del 2014-16 cuando murieron 11000 personas y se contagiaron 28000, el tormento que representa la muerte por ébola sudando sangre, acompañado de vómitos y diarreas haga que le tengamos más miedo a esta enfermedad que a la que nos trae de cabeza hoy en día. Siendo justos con el alumno, el nivel de letalidad del ébola es muy superior en porcentaje al del coronavirus. Por citar un ejemplo, en Guinea murieron el 70% de los enfermos.    
Actualmente, estoy leyendo Un espejo lejano de Barbara Tuchman. Se trata de un libro histórico que analiza la guerra de los cien años  y la intermitente presencia de la peste bubónica; especialmente entre los años 1348-1350. Por si la guerra y la pandemia fueran poco (ya que llegó desde Islandia hasta la India; o sea gran parte del mundo conocido en aquella época), grupos de soldados desempleados organizaban bandas de maleantes que arrasaban los pueblos de la campiña. Las cifras no son fáciles de establecer, pero se cree que esta enfermedad pudo haber matado hasta el 60% de la población europea. Si bien los medievales asociaban a las ratas con la enfermedad, pero no sabían que eran las que acarreaban las que contagiaban la peste negra. Por supuesto, las condiciones insalubres en que vivían los habitantes del Medioevo no ayudaban en lo más mínimo. Con ese panorama, no es de extrañar que la gente pensase que estaban ante el fin del mundo y dejaran que las cosechas se pudrieran en los campos, que otros fueran recorriendo los pueblos y flagelándose para pedir perdón al creador y, finalmente, que los lobos bajasen hasta las ciudades por no tener nada que comer.
Hoy en día, sabemos cómo se transmite el coronavirus. Sabemos la mejor forma de combatirlo; quedándonos en casa y lavándonos las manos amen de usar mascarillas y guantes en nuestras excursiones al supermercado. Y finamente, sabemos que en un año o un poco más tendremos la vacuna que parará en seco al bicho. Sin embargo, pese a los 670 años que han transcurrido desde la peste bubónica a nuestros días, aún no se ha encontrado una medicina que consiga detener la enfermedad producida por un parásito que puede destruir ecosistemas financieros enteros y mandar a un país al Medievo en cuestión de días. No hay tila, sedante, calmante, meditación oriental o yoga que consiga calmar el nerviosismo del inversorus bursatilus. Una vez que este parasito entra en pánico tiene la capacidad de mimetizarse con el resto de parásitos de todas las latitudes y actuar como si fueran un ejército de clones. A partir de ese momento, la vida de los ciudadanos se convierte en una suerte de lotería en Babilonia en la que se pueden vivir varias vidas en muy poco tiempo.  

   


Sunday, April 05, 2020

¡Tápese la boca!



Pareciera que me estoy dirigiendo a un interlocutor y lo estoy mandando callar, pero no. Si en las anteriores misivas me he referido al mal proceder de los mandatarios, hoy debo hablar de los ciudadanos y que conste que no quiero parecer un moralista echando el sermón a la gente.
Me entero por el ABC de que unas mujeres de la población llamada Porcuna, en Andalucía, se han puesto unas mantillas y  bolsas de plástico y han salido a la calle a hacer una procesión en la noche de ayer. Cuando llegaron las autoridades, ellas ya habían desaparecido. No obstante, acabaron confesando su irresponsabilidad y están a la espera de su sanción. La pregunta es: ¿de verdad era necesario salir a la procesión? ¿Acaso, oyeron la palabra divina exhortándolas a salir?
Por otra parte, mi amiga Esther; la mejor fisioterapeuta de España, me cuenta su vía crucis matutino para hacerse su compra y la de su padre. En la cola del Ahorramas de Méndez Álvaro,  la gente iba sin mascarilla y sin guantes y, peor aún, sin respetar la distancia de seguridad. Como dice el padre de mi amiga, con este grado de responsabilidad hasta el año que viene nos quedamos confinados. Es decir, sé que no hay mascarillas ni guantes de látex, ¿pero tan difícil resulta a las malas ponerse aunque sea un pañuelo o, como dice Trump, una bufanda? ¿Tan complicado es ponerse unos guantes de lavar la vajilla? Siendo benévolo y haciendo un arduo ejercicio de imaginación, puedo llegar a pensar que todas esas personas en la cola se habían quedado sin guantes de ningún tipo por un descuido e iban a abastecerse de los mismos así como de servilletas de tela para cubrirse la boca, pero ¡cojones!, ¿cuesta tanto guardar la distancia de seguridad, más habida cuenta de que los comercios la tienen pintada en el suelo?
Mi amigo Pedro, hombre de ciencias, me pasó un artículo firmado entre otros por Joaquín Leguina contra el confinamiento ya que según ellos el remedio puede ser peor que la enfermedad por el daño a la economía y tildan el confinamiento de “ineficaz, humillante, traumatizante y destructivo” y apelan a la responsabilidad de la sociedad. No voy a discutir con ellos sobre las consecuencias económicas del confinamiento, puesto que no soy científico. Me sorprende que, no siendo ninguno de los firmantes científicos se atrevan a enmendarle la plana al Imperial College y negar la afirmación de esta revista científica acerca de las vidas salvadas con el confinamiento. Me resulta extraño, sobretodo porque aquellos líderes que buscaban un alto nivel de contagio para generar una inmunidad de grupo (Trump, Johnson, Bolsonaro, López Obrador), todos han acabado dando marcha atrás y ordenado o pedido el confinamiento.  Lo que sí me resulta risible es esa apelación a la responsabilidad individual, cuando hay más de 200 000 personas multadas (algunos genios incluso han tenido la feliz idea de  agarrarse a golpes con la policía) y algunos han descubierto que tenían una mascota en casa cuando no la han alquilado al vecino. Aun así, creo que se trata de una minoría y que el conjunto de la población está cumpliendo a rajatabla el confinamiento y que por eso está funcionado, aunque claro esto solo es una corazonada que  ya veremos si se cumple. No obstante, también creo que si no existiera este elemento coercitivo de las multas, crecería el número de personas que saldrían a la calle por el simple hecho de que se aburren en casa. Por poner un ejemplo, si se permitiese como ocurre en otros países practicar deporte al aire libre, mucha gente se convertiría en atletas de la noche a la mañana. En fin, es muy triste que las autoridades nos tengan que tratar como niños chiquitos por nuestro propio bien. Termino con un chiste que vi en Facebook el otro día y que explica porque elegí esta foto para este artículo. Se trata de unos soldados cargando a lomos a unos burros durante la II Guerra Mundial. La razón es muy sencilla. Se encuentran en un campo de minas y no pueden dejar que los burros anden a su aire, pues podrían detonar las minas y causar la muerte de varios soldados. Conclusión:  en tiempos difíciles a los primeros que hay que controlar es a los burros porque no entienden ni madres y hacen lo que les da la real gana.