No se preocupe si ha dicho o hecho una tontería en los últimos días. Este nuevo síntoma del coronavirus no se aplica al común denominador de los seres humanos, tan sólo a sus líderes. Sí ya sé que la OMS aun no ha decretado este defecto como un síntoma de la enfermedad, pero resulta cuando menos sospechoso que un sinfín de gobernantes padezcan este estado mental combinado con una gran tendencia a la procrastinación y al valemadrismo con respecto a la enfermedad. Creo que los científicos deberían abordar esta faceta de la enfermedad.
Ni siquiera el
país que vio nacer a la bestia se ha librado de dicha actitud, pues en un vano
afán de poner muros al campo quisieron ocultarla durante un par de semanas con
los resultados ya conocidos. Sin embargo -ventajas de vivir en una dictadura-,
consiguieron restablecer el orden encarcelando a sus ciudadanos en sus casas durante
meses y, en la actualidad, lideran los estudios para desarrollar una vacuna. De
hecho, cabe mencionar que en Asia –excepción hecha de China e Irán que aparentemente
también hace uso de los privilegios dictatoriales para esconder los muertos-, ninguno
otro mandatario ha hecho gala de ese aspecto de la enfermedad. Es más, en
términos generales, se puede decir que los países de ese continente tienen
bastante controlada la situación.
Es en
occidente donde aflora sin piedad la estupidez de los mandatarios. Siendo
benévolos, podemos tener cierta duda en el caso del gobierno italiano. Si bien
es cierto que Corea del Sur ya había mostrado el camino a seguir (test masivos
y pedir a los ciudadanos que se quedasen en casa), los italianos tuvieron la
mala suerte de ser el primer país con un contagio masivo en Europa. Si a eso le
agregamos que se trata del país con mayor número de ancianos del continente, el
cóctel letal quedó servido. A partir de ahí, el resto de mandatarios ha seguido
una trayectoria inquietante, mezcla de incompetencia e irresponsabilidad que
resulta verdaderamente inexplicable. Mandatarios que no previeron la compra de
material sanitario y cuando lo compraron se equivocaron al hacer el pedido,
otros que creían en la defensa del borrego consistente en dejar que se
enfermase todo el mundo para que se generasen anticuerpos. Incluso una lideresa
tuvo un rapto místico y predijo la llegada de dos aviones con medicinas por 47
millones de euros de los cuales nunca se volvió a saber. ¿Habrán pasado los
aviones y el dinero por el triangulo de las Bermudas? ¿Quién sabe? Esa
estupidez congénita a los mandatarios occidentales puede adquirir tintes
preocupantes de egoísmo cuando ciertos presidentes decretan que la mejor
solución es que se jodan los ancianos y permiten que sus ciudadanos sigan
circulando libremente por las calles. No es de extrañar que ese mismo líder altamente
infectado posteriormente diga: “que se jodan Italia y España. No queremos
coronabonos.”
Sin embargo,
es en América donde la intoxicación intelectual alcanzó los mayores niveles de
saturación en el cerebro. Excepción hecha de Canadá y Argentina, los mandatarios
de los grandes países de la región siguieron, el mismo patrón de desprecio a la
enfermedad. Uno de ellos seguía saludando de mano y se negaba a ordenar el
confinamiento de la gente hasta que los muertos tuvieron que ser transportados
por camiones frigoríficos, otro exhortaba a sus ciudadanos a pasear y se
refugiaba en unas estampitas de la virgen, mientras que el último, comparaba la
enfermedad con una simple gripe. Resulta curioso que Maduro no haya atravesado
esta fase, pero según sus detractores, esto se debe a que vive permanentemente en ella.
Lo único
bueno, es que esta carencia de sangre en el cerebro afecta a los líderes en una
primera fase de la enfermedad. Llegado un momento, acaban recobrando el juicio,
aunque ya sea muy tarde.
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